7 señales de que tu hijo está listo para estudiar fuera (y 3 de que aún no)

Remitido

No hace falta que tenga 18 años, un inglés perfecto ni una vocación de aventurero. Para saber si un adolescente está preparado para estudiar un curso en Estados Unidos, hay señales mucho más importantes: cómo afronta lo desconocido, cuánto necesita que le resuelvan la vida y, sobre todo, si la decisión también es suya.

Hay un momento en la adolescencia en el que una pregunta aparentemente sencilla puede convertirse en una conversación familiar de varias semanas: ¿y si se fuera a estudiar un año a Estados Unidos?

La idea tiene algo de película. Un campus rodeado de árboles, compañeros de distintos países, partidos después de clase, conversaciones en inglés y una habitación que, durante unos meses, estará a miles de kilómetros de casa.

La realidad, sin embargo, empieza bastante antes de hacer la maleta.

Estudiar un curso de ESO o Bachillerato en Estados Unidos no consiste simplemente en aprender inglés o conocer otro país. Supone estudiar en otro sistema educativo, convivir con nuevas personas y asumir responsabilidades que en casa quizá todavía recaían en los padres. En el caso de los boarding schools, además, el estudiante vive en el propio campus, lo que convierte el colegio en algo más parecido a una pequeña comunidad que a un lugar al que se acude de ocho de la mañana a tres de la tarde.

Por eso, la pregunta más útil no es cuánto inglés sabe un adolescente. La pregunta es si está preparado para empezar a construir su vida cotidiana lejos de casa.

Y hay algunas pistas.

1. Empieza a asumir responsabilidades… aunque todavía haya que recordárselas

No hace falta que un adolescente sea perfectamente autónomo antes de cruzar el Atlántico. A los 14, 15 o 16 años es bastante habitual que todavía necesite algún recordatorio para organizarse, preparar sus cosas o cumplir con determinadas tareas.

La cuestión está en si puede ir dando pasos hacia esa autonomía.

De hecho, una experiencia internacional puede acelerar ese proceso. Cuando no hay un padre detrás para recordar un entrenamiento, una tarea o que toca poner una lavadora, el estudiante empieza a hacerse cargo de pequeñas decisiones cotidianas. Al principio puede equivocarse, y precisamente ahí está parte del aprendizaje.

La autonomía no siempre es un requisito para marcharse. A veces es una de las cosas que se aprenden al hacerlo.

En un boarding school, además, la propia estructura del centro ayuda a que esa evolución se produzca de forma progresiva: el estudiante vive dentro del campus, tiene horarios y responsabilidades, y aprende a organizar su día en un entorno acompañado.

2. No siempre sabe resolver los problemas, pero está dispuesto a intentarlo

Que un adolescente no sepa qué hacer ante un problema no significa necesariamente que no esté preparado para estudiar fuera.

Quizá hasta ese momento, cuando algo se complicaba, alguien en casa encontraba la solución. Un profesor no le entendía, había un problema con un compañero o no sabía cómo organizar una actividad y aparecía el clásico “ya lo arreglo yo”.

Estudiar fuera cambia las reglas.

Poco a poco, el estudiante nota que puede preguntar, buscar alternativas y pedir ayuda a las personas que tiene alrededor. No aprende a resolverlo todo antes de irse; aprende muchas de esas cosas porque se ha ido.

La señal positiva, por tanto, no es que tenga un máster en resolver problemas con 15 años. Es que tenga cierta curiosidad, capacidad para escuchar y voluntad de probar.

Un día no sabrá qué hacer. Al siguiente preguntará. Unas semanas después quizá sea él quien ayude a otro compañero.

Ese pequeño recorrido es, precisamente, parte de la madurez que muchas familias esperan que consiga con la experiencia.

3. Quiere ir él, no solo sus padres

Esta quizá sea la señal más importante.

Puede que la idea haya aparecido en casa. Puede que los padres hayan visto un boarding school y hayan pensado que sería una oportunidad fantástica. Puede incluso que el adolescente diga que sí porque sabe que sus padres están ilusionados.

Pero una cosa es querer vivir una experiencia internacional y otra muy distinta es aceptar que durante un tiempo habrá que vivirla lejos de la familia.

La motivación tiene que ser propia.

No hace falta que tenga clarísimo qué quiere hacer con su futuro —a los 14, 15 o 16 años sería casi sospechoso—, pero sí debería existir un “quiero probarlo” que salga de él.

4. Tiene curiosidad por lo diferente

Hay estudiantes que disfrutan descubriendo que las cosas no funcionan exactamente como en España.

Otros necesitan que todo se parezca a lo que ya conocen.

Ninguna de las dos personalidades es mejor, pero para estudiar fuera ayuda mucho la primera.

En un boarding school estadounidense puede encontrarse con compañeros de otros países, nuevas asignaturas, deportes que nunca había practicado o actividades que no forman parte de su rutina habitual.

La capacidad de decir “esto es diferente, pero voy a ver qué tal” puede ser mucho más útil que saberse de memoria cien expresiones en inglés.

5. No necesita hablar inglés perfecto

Uno de los grandes fantasmas de las familias es el idioma.

¿Y si no entiende al profesor? ¿Y si se queda en blanco cuando alguien le habla? ¿Y si su inglés no es suficiente?

La respuesta es menos dramática de lo que parece: un estudiante no necesita llegar hablando inglés como si hubiera nacido en California.

Necesita contar con un nivel que le permita desenvolverse y, sobre todo, tener disposición para seguir aprendiendo. La inmersión diaria en clases, actividades y convivencia hace que el idioma deje de ser una asignatura para convertirse en una herramienta cotidiana.

De hecho, la propia evaluación de cada estudiante debería tener en cuenta no solo su nivel de inglés, sino también su perfil académico, sus intereses y su capacidad de adaptación. Es uno de los aspectos que entidades especializadas en educación internacional como Deaquiparafuera utilizan para orientar a las familias hacia programas y centros que encajen con cada perfil.

6. Puede convivir con normas que no ha elegido

Estudiar fuera no significa vivir de vacaciones.

Hay horarios, normas de convivencia, responsabilidades académicas y deportivas. En un boarding school, además, se comparte buena parte del día con otros estudiantes y se vive dentro del campus.

Eso puede sonar fantástico hasta que se entera que debe convivir con compañeros cuando preferiría estar solo.

La madurez aparece precisamente ahí: cuando entiende que compartir espacio implica adaptarse y respetar ciertas reglas aunque no sean las de casa.

7. Tiene ganas de descubrir quién es fuera de su zona de confort

Quizá sea la señal menos evidente y, al mismo tiempo, una de las más interesantes.

En casa, un adolescente lleva años acumulando etiquetas: “el deportista”, “la responsable”, “el despistado”, “la tímida”, “el que siempre saca buenas notas”.

En otro país puede empezar desde cero.

Un boarding school permite que el estudiante comparta aula, residencia, deporte y actividades con personas de diferentes procedencias. Algunos centros ofrecen además programas académicos, deportivos y artísticos que permiten desarrollar intereses más allá del aula.

Y a veces descubrirse fuera de casa consiste precisamente en eso: comprobar que se es capaz de hacer cosas que nadie esperaba.

Y las 3 señales de que todavía no es el momento

Estudiar fuera puede ser una experiencia extraordinaria. Pero no tiene por qué serlo ahora.

Hay señales que aconsejan esperar.

1. La idea le entusiasma hasta que se entera de que es un año entero

Si la conversación funciona así:

—“¿Te gustaría estudiar en Estados Unidos?”

—“Sí.”

—“Genial. Estarías allí casi todo el curso.”

—“¿CÓMO QUE TODO EL CURSO?”

Probablemente todavía haya cosas que hablar.

El miedo inicial es normal. Lo importante es distinguir entre los nervios propios de cualquier cambio y un rechazo profundo a la idea.

2. No acepta ninguna responsabilidad sobre su propia vida

La diferencia no está en que todavía necesite ayuda.

Un adolescente puede marcharse sin saber organizar perfectamente su tiempo, sin haber hecho nunca una colada o sin saber qué hacer ante todos los problemas que puedan surgir. Precisamente, parte de la experiencia consiste en aprenderlo.

La señal de alarma aparece cuando rechaza de forma sistemática cualquier responsabilidad y espera que los adultos resuelvan absolutamente todo por él.

Ahí quizá todavía sea pronto.

Porque estudiar fuera no exige llegar siendo independiente. Pero sí requiere cierta disposición a convertirse, poco a poco, en alguien más independiente.

3. Lo hace únicamente para cumplir las expectativas de otros

Esta es la señal roja.

Si el adolescente no quiere ir, pero siente que debería hacerlo porque sus padres consideran que es “una oportunidad que no puede desaprovechar”, la experiencia puede convertirse en una fuente innecesaria de presión.

Un año fuera debería ser una decisión compartida, no una misión familiar.

Preparado no significa sin miedo

Quizá el error esté en buscar adolescentes que estén completamente preparados.

No existen.

Un estudiante que se marcha a Estados Unidos puede estar ilusionado y tener miedo. Puede echar de menos su casa y, al mismo tiempo, disfrutar de su nueva vida. Puede llamar a sus padres el segundo día diciendo que todo es estupendo y hacerlo de nuevo el cuarto porque ha tenido un día horrible.

Todo eso forma parte de adaptarse.

Los boarding schools estadounidenses ofrecen precisamente un entorno diseñado para que los estudiantes puedan estudiar y vivir en el mismo campus, con alojamiento, actividades y acompañamiento durante el curso. Programas especializados como los de Deaquiparafuera trabajan con centros para estudiantes de entre 12 y 18 años y realizan una evaluación individual del perfil antes de proponer opciones.

Por eso, quizá la pregunta que deberían hacerse las familias no sea “¿está preparado para irse?”, como si existiera una especie de examen de madurez que se aprueba o se suspende.

La pregunta puede ser bastante más sencilla:

“¿Está preparado para empezar a hacerlo por sí mismo?”

Porque estudiar un año fuera no consiste únicamente en aprender inglés, sacar buenas notas o llenar un álbum de fotos.

Consiste en aprender a pedir ayuda sin tener a los padres al lado. En hacer amigos cuando nadie se sabe su nombre. En descubrir que una clase difícil se puede superar. En equivocarse sin que eso suponga el fin del mundo.

Y, quizá, en volver a casa unos meses después con la misma maleta, pero con una versión bastante distinta de quien la hizo.

Las + leídas