Sean McMeekin publica ‘La guerra de Stalin’

Redacción

El historiador estadounidense Sean McMeekin documenta la II Guerra Mundial con investigaciones procedentes de archivos soviéticos, europeos y estadounidenses en su última novela, ‘La guerra de Stalin. Una nueva historia de la Segunda Guerra Mundial’ (Ciudadela), que sale a la venta este lunes, 14 de noviembre.

«No creo que las ambiciones de Putin se parezcan a las de Stalin», afirma el autor en una entrevista a ‘Mundo Cristiano’ recogida por Europa Press con motivo de la presentación de esta novela. «Si hay un líder ruso a quien Putin realmente admira, me parece que más bien ese sería Pedro el Grande», apostilla al respecto.

A su juicio, Putin no ve a Stalin «particularmente como un modelo a seguir». «Aunque ha crecido como un soviético leal y patriótico, me parece que Putin ha abandonado la ideología comunista», zanja. Por todo ello, afirma que, «a pesar de los miedos más oscuros que se tienen en Occidente, no hay evidencia real de que Putin quiera llevar a las tropas rusas a atacar el resto de Europa. Ni siquiera tenía intenciones de recrear el imperio soviético», argumenta.

En relación al conflicto actual entre Rusia y Ucrania, el historiador afirma que «muchos rusos ven a los nacionalistas ucranianos modernos como herederos de algunas fuerzas partidistas anti soviéticas de los años cuarenta». «También influye que Rusia haya intensificado recientemente la propaganda acerca de la Segunda Guerra Mundial, en la que se ha incrementado la vieja narrativa sobre la pulcritud moral de los rusos y su ‘lucha contra el fascismo’ y contra los colaboradores neonazis, entre otras cosas. Todo esto forma parte de los antecedentes históricos y políticos que construyen la narrativa que busca justificar la reciente invasión de Ucrania», precisa.

«Los ucranianos, por su parte, tienden a recordar mucho más una visión amplia sobre la tendencia represora de los soviéticos que sufrieron en el siglo XX, pues el horror de la Segunda Guerra Mundial y de las operaciones anti-partidarias soviéticas que estos causaron jugaron un rol muy importante, más no central, en la memoria rusa. Los ucranianos también recuerdan muy bien el terror de la Revolución Rusa, que fue cuando los bolcheviques aplastaron el primer estado moderno ucraniano. Más en particular, recuerdan el ‘Holodomor’, que es la hambruna infringida sobre ellos a causa de los comisarios de Stalin a inicios de la década de los treinta», rememora.

Respecto a la figura de Stalin, asegura que es «muy difícil condensar el personaje y sus motivaciones de una manera sucinta». «En el fondo, su objetivo principal era la expansión del imperio soviético para asegurar su supervivencia. En la práctica, esto significaba ‘nacionalizar’ –en realidad, confiscar– tanto bienes muebles como inmuebles de los territorios que habían ocupado», recuerda por lo que califica a Stalin de «conquistador, pero de un corte ideológico particular, que guiaba sus acciones».

En cuanto a su última novela, está basada en nuevas investigaciones que revolucionan la actual comprensión de este conflicto al trasladar su epicentro hacia el este ya que, como argumenta, la guerra que surgió en septiembre de 1939 no fue lo que quería Hitler, sino Stalin. «Es muy fácil culpar a los nazis por todo, es útil para incansables películas y libros acerca de la guerra», argumenta McMeekin en la citada entrevista.

«La cuestión radica en que Stalin tuvo mucha más influencia en el conflicto, tanto en la extensión temporal como en el origen del conflicto. Mucho más que Hitler. Eso sin mencionar lo más obvio, aunque comúnmente se olvida, y es que al final él ganó la guerra y se quedó con gran parte del territorio y bienes materiales», añade.

«La historia la escriben los vencedores, y la realidad es que los soviéticos ganaron la Segunda Guerra Mundial, con lo cual siempre fue difícil evaluar el papel de Stalin en ella de manera objetiva», prosigue. El historiador también menciona el hecho «de que en el frente del Este, la guerra se luchó con una oscuridad mediática, pues a los corresponsales o testigos occidentales no les era permitido acercarse al frente de guerra» lo que, a su juicio, «permitió a los soviéticos construir la narrativa del conflicto según sus propios intereses».

«Al final, la historia de Hitler y los nazis como villanos exclusivamente es muy útil, pues sirve de materia prima para el arco narrativo de incontables libros y películas. Hoy queda como sustrato de mucha de la mitología y el lenguaje de la política moderna occidental. Esto no quiere decir que no tenga cierta justificación, pues es verdad que su comportamiento durante la guerra no es algo defendible. Pero no es ni el único ni el más importante», detalla. Por todo ello, el autor afirma que ha tratado de estudiar las nuevas fuentes «para iluminar aspectos que se conocen menos sobre la guerra».

«REVISIONISTA» DE LA HISTORIA

Sobre el hecho de ser catalogado «revisionista» de la historial, lamenta que la mayoría de las veces no es «con la intención de que sea un cumplido». «Al menos, no es más que un cumplido cizañoso, como una bofetada con guante blanco. Sin embargo, yo lo recibo como una medalla de honor, pues pienso que para qué escribiríamos la historia si no vamos a revisar constantemente la comprensión de los eventos importantes del pasado a la luz de información y perspectivas nuevas», asegura al ser interpelado al respecto.

En cualquier caso, considera que «un buen historiador debe ser también un buen educador, ya sea en el aula de clase (si ese es su trabajo), pero también en la esfera pública». «Me parece que cualquiera hoy en día cree saber algo sobre la historia. Es imposible tener

una conversación informada sobre el mundo y su funcionamiento sin algún tipo de noción sobre lo que ocurrió en el pasado. Sin embargo, no creo que la mayoría de la gente tenga tiempo de profundizar en ese conocimiento» lamenta, por lo que dice que «el deber es informar al público sobre los acontecimientos pasados que todos deberían conocer».

El historiador asegura además que existe «un ajuste generacional» ya que tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos «los lectores mayores han sido mucho menos receptivos» con la perspectiva que ofrece ‘La Guerra de Stalin’, que en el caso de los menores de 40 años.

«Para los occidentales mayores de cierta edad, las líneas narrativas de la Segunda Guerra Mundial con sus eventos clave, héroes y villanos, se han cincelado tan profundamente a través de los años, que es muy difícil moverlas. Por ejemplo, Winston Churchill como personaje legendario. Las personas han invertido mucha energía y tiempo en crear esos mitos, pero los lectores jóvenes llevan relativamente poco tiempo escuchándolos, y por eso están más abiertos a escuchar perspectivas distintas», explica.

McMeekin es un historiador estadounidense, especializado en la historia europea del siglo XX, especialmente en lo que respecta a los orígenes de la Primera Guerra Mundial y el papel de Rusia y el Imperio Otomano. Creció en Rochester (Nueva York) y estudió historia en la Universidad de Stanford (1996).

Es Doctor en Historia por la Universidad de Berkeley, donde también fue profesor, así como en las universidades de Nueva York y Yale. Enseñó en Turquía como profesor adjunto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Bilkent en Ankara y en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Koç en Estambul. Actualmente, ejerce como catedrático Francis Flournoy de Historia y Cultura Europea en Bard College en el norte del estado de Nueva York.

Es autor de varios libros y numerosos artículos. Su anterior título publicado en castellano es ‘Nueva historia de la Revolución Rusa’.

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