El psicoanálisis integrativo y el trauma global pospandémico, por Juan Martínez Mena

Remitido

Con las mascarillas ya en el cajón y las oficinas y bares llenos, parece que la pandemia hubiese quedado muy atrás. Sin embargo, la conocida como ‘ola psicológica’, una afectación masiva de la población con síntomas de malestar emocional, de mayor o menor intensidad, no solo continúa, sino que parece recrudecerse.

Tanto que los profesionales de la psicología ya hablan de ‘trauma global’, así como de síndrome de estrés postraumático a nivel planetario. En este artículo, se trata la estela menos visible del COVID-19, sus porqués y las posibles vías de tratamiento con el psicoanalista Juan Martínez Mena, Máster en Psicoanálisis y Psicoterapia Analítica, miembro y ponente en másteres de posgrado del CEAP (Centro de Estudios y Aplicación del Psicoanálisis).

Las cifras hablan: según el último informe de la OMS (Ginebra, marzo 2022), la pandemia ha provocado un incremento del 25 % en la prevalencia de la ansiedad y la depresión en todo el mundo. Un 25 %, que, leído así, puede no parecer demasiado, pero que, puesto en concreto, es muchísimo: nada menos que 1,9 billones de personas afectadas. Y eso solo en referencia a la ansiedad y la depresión, porque hay muchos otros efectos secundarios a título psicológico, tanto del COVID-19 como de las medidas tomadas por los gobiernos para contenerlo. Por ejemplo, según explica Martínez Mena, “han aumentado y se han agravado mucho las adicciones (drogas, juego online…) y, dentro de ellas, merecen un capítulo aparte los TCA (Trastornos de la Conducta Alimentaria) de todo tipo: anorexia, síndrome del atracón, bulimia, etc., que han hecho una mella aun mayor de lo habitual, sobre todo en adolescentes y jóvenes. En realidad, todas las conductas compulsivas, en general, como el TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo), han tendido a agudizarse y, muy preocupante, los casos de ideaciones suicidas, así como de tentativas y suicidios, se han multiplicado”. 

Lo que las estadísticas no cuentan

Pero, más allá de cuestiones tan severas, el psicoanalista explica que “es muy probable que otro tipo de trastornos de los que no se habla tanto, quizás por percibirse como ‘menos graves’, pero que afectan también en gran medida al bienestar y a la calidad de vida, no estén contabilizados en las estadísticas oficiales. Me refiero a cuestiones como el ‘síndrome de la cueva o de la cabaña’, base de que a miles de millones de personas en todo el mundo, tras el confinamiento, les siga costando mucho salir de casa. Se habló mucho de ello, pero ya no y resulta que, incluso ahora, pasados dos años, mucha gente lo arrastra. Es más peligroso de lo que pudiera parecer, pues favorece al aislamiento y al desarrollo de otro tipo de trastornos más severos, tanto psicológicos como físicos: el ser humano es un ser social y necesita el contacto con otros de su especie. No es opcional. Es imperativo para la salud por naturaleza”.

Sin embargo, explica el terapeuta, “muchos están convencidos de que a ellos la pandemia no les ha afectado o que no es realmente la causa principal del desarrollo o agudización de sus síntomas psicológicos”. La realidad, sin embargo, es otra: lo que se encuentra cada día en consulta Martínez-Mena es que a la mayoría, con más o menos fuerza, el COVID-19 les ha dejado algún tipo de huella: “además de los casos más evidentes (gente que ha perdido personas próximas y que aún está haciendo su duelo), hay síntomas muy característicos que a la vez son completamente diferentes entre uno y otro paciente. Cierto miedo, mayor incertidumbre vital, toma de decisiones impulsivas y motivadas por ese miedo latente que ha dejado como estela la situación… Es normal no identificar estos síntomas de primeras, con el confinamiento y todo lo vivido. ‘¡Han pasado ya años!’, me dijo un paciente el otro día, pero al ‘rascar’ un poco se detecta que el inicio o agravamiento de su malestar coincide en el tiempo”.

COVID-19, un trauma global

Y es que, según Martínez Mena, “la pandemia ha sido (o, más bien, es) un trauma global”. Según él, cumple todas las premisas de la descripción de trauma. “A mí me gusta la definición de Pierre Janet que explicó que un trauma ‘es el resultado de la exposición a un acontecimiento altamente estresante e inevitable, que sobrepasa los mecanismos de afrontamiento de la persona’. Algo que el COVID-19 cumple con creces. También, según la clínica norteamericana, un trauma parte de una experiencia en la que llegamos a temer por nuestra propia vida, sin tener control de ninguna clase para evitarlo, algo también cien por cien correlativo”. Los traumas, además, según explica Mena, “suelen tardar en asentarse y cuando no se enfrentan y ‘digieren’, cuando se bloquean durante tiempo, provocan el conocido como síndrome de estrés postraumático que, aunque cuando se identificó, se atribuía solo a soldados que venían del frente -dice- ahora se sabe que se produce tras traumas muy diversos: violaciones, ataques terroristas, intentos de asesinato y, sí, claramente, también pandemias: todos perdimos gran parte del control sobre nuestras vidas mientras veíamos en las noticias como los muertos no cabían en los tanatorios… Hemos percibido que hay muchos pacientes que presentan síntomas (alerta constante con el consiguiente incremento de estrés, angustia por el futuro, pensamientos recurrentes sobre su muerte y la de sus allegados, ideas de fin del mundo, sensibilidad exacerbada a cualquier pequeño susto, sensación de catástrofe inminente, miedo a salir solos a la calle…) de diversa intensidad, derivados del COVID-19. No se está hablando de ello, pero ahí están y lo están pasando muy mal”.

La información es el primer paso

El psicoanalista considera que “es necesario visibilizar más también esta faceta de la estela que ha dejado el COVID-19 a nivel psicológico. La población tiene derecho a conocer y entender de dónde procede lo que les ocurre: es la única fórmula de que puedan tomar medidas para combatir su malestar”. Porque “el estrés postraumático no mejora ni se cura solo: necesita terapia y, mejor, un análisis a medida, ya que implica muchas tipologías, síntomas y consecuencias, como es el psicoanálisis integrativo, en el que el analista adecúa a cada paciente las herramientas y corrientes de tratamiento que mejor puedan ir con él, con su caso concreto y personalidad: porque nunca debe ser el paciente quien se adapte al tratamiento, sino a la inversa y la estela de una situación tan traumática, global y vivida de manera tan diversa por cada uno de nosotros, el sostén de un experto en psique resulta esencial. Sí, se puede uno volver a sentir mejor o empezar a hacerlo”. 

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