Abrir archivos y esclarecer el robo de bebés, demandas para reparar a víctimas del Patronato de la Mujer

Redacción

‘Agnotología’ es el término acuñado por Robert Proctor, profesor de la Universidad de Stanford, para referirse a la producción deliberada de la ignorancia. Este concepto bien podría aplicarse al Patronato de Protección a la Mujer, una de las instituciones más longevas del franquismo que, por contra, ha sido invisibilizada en el relato histórico y en la memoria colectiva del país.

Este viernes, 41 años después de su extinción, algunas de las mujeres que pasaron por sus numerosos centros, en su lucha por romper ese muro de desconocimiento y visibilizar la violencia institucional que sufrieron, van a ser reconocidas como víctimas por el Comisionado para la celebración de los 50 años de España en Libertad. Un acto en el que alzaron su voz para reclamar que se investiguen las graves violaciones de derechos humanos cometidas por esta institución hasta bien entrada la Transición.

Así lo relata Carmen Guillén, autora del libro ‘Redimir y adoctrinar: El Patronato de Protección a la Mujer’ (editorial Crítica), que va a conducir este acto con el que el Gobierno de España va a entregar a medio centenar de mujeres documentos de reconocimiento como víctimas del franquismo.

«Es un acto simbólico, porque por fin se las reconoce como víctimas de ese sistema represivo. Pero no es el final del camino. Es importante para que el Estado nos dé acceso no solamente a los archivos estatales, sino también a los archivos de las congregaciones religiosas, que se cree una comisión de investigación oficial, que podamos unir todas las piezas de este puzzle, que es muy amplio, y que se incluya el patronato en los contenidos educativos para difundir su historia».

Por «justicia histórica», esclarecer la implicación que tuvo el Patronato en el robo de bebés es otra de las cuestiones que reclaman, pues, como dice Guillén en su libro, esta práctica «despojó a miles de mujeres de su maternidad y a otras tantas personas de su identidad».

«Es necesario crear un banco de ADN a nivel nacional y oficial y ver hasta qué punto, dentro de la institución y también fuera, se produjeron estas situaciones que seguramente son las de mayor vulnerabilidad de los derechos humanos de todas las actividades que tuvieron lugar dentro del Patronato».

Pero, para que se las reconozca como víctimas de la represión franquista, como propone Sumar, y para crear esa demandada comisión de investigación «es necesario el apoyo de gran parte de los partidos políticos», ha indicado esta profesora en el área de Historia de la Ciencia en la Facultad de Medicina de Albacete (UCLM). Su trabajo está sacando del olvido a esta institución, creada en 1941 para «redimir a la mujer caída y cuidar a la que está en peligro de caer, esa que no viviese conforme a la doctrina del nacionalcatolicismo, que no fuera sumisa, decente, ni entendiese el matrimonio, la familia y el hogar como único horizonte vital».

Papel crucial desempeñaron en esa misión las congregaciones religiosas, «clave de bóveda» del Patronato de Protección a la Mujer. «Sin ellas, esta institución no hubiera podido existir cuando surgió en el año 1941. Prestaron a su causa toda su infraestructura, tanto arquitectónica como personal».

Pese a ello, «ninguna de ellas ha pedido perdón ni ha hecho una revisión crítica de lo que fue su modelo asistencial en aquellos años». Incluso algunas, como las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento, han borrado de su web la actividad entre el 34 y el 2018.

Asegura que en el acto del año pasado organizado por de la Conferencia Española de Religiosos, «no se nombraron todas las violencias que tuvieron lugar dentro de la institución, y se censuraron los discursos de las supervivientes, porque no se les permitió hablar de bebés robados, de suicidios, de autolesiones… ni se dio acceso a los archivos. Con lo cual, ese perdón no tiene ningún tipo de relevancia ni de significado real, porque no llegó a término».

SILENCIO QUE ENVUELVE A LA «CÁRCEL MORAL» DEL FRANQUISMO

Esta doctora en Historia Contemporánea, que firma también la primera tesis doctoral sobre el Patronato de Protección a la Mujer, argumenta que son varios los factores que apuntalan el silencio que ha rodeado a esta «cárcel moral que sólo castigaba a la población femenina».

Según explica a Europa Press, el foco de la represión franquista se puso en el fusilamiento, la cárcel o el exilio, «prácticas que el Estado franquista uso para perpetuarse en el poder», quedando en penumbra la violencia que sufrieron «decenas de miles de mujeres», víctimas de este sometimiento moral.

A ello se suma un «agujero negro» documental. La Junta Nacional del Patronato, corazón de la institución, llegó a conservar 1.186 cajas de documentación, pero la inundación sufrida en el archivo que se almacenaban hizo que hoy sólo queden 31, lo que dificulta su estudio.

Tampoco había mujeres que quisieran contar su historia y lo que pasaba dentro de esos centros. Pero a raíz de que Consuelo García del Cid testimoniase la violencia institucional que sufrió, un coro de voces se han unido a su denuncia. Han sido muchas otras «muñecas rotas», como las define Guillén en su libro, las que están vencido el «miedo, la culpa y el estigma».

A ello ha contribuido su trabajo y otras muchas investigaciones y reportajes periodísticos que están teniendo un efecto llamada. «En el mes y medio que llevo de publicación del libro ya he recibido por lo menos diez contactos de mujeres que están dispuestas a incorporarse a ese grupo de supervivientes».

La suma de ese «archivo de documentos orales, que ayuda a suplir el vacío documental», y la labor de unas 70 investigadoras, que están trabajando en diferentes niveles, «está haciendo que se esté resignificando el Patronato dentro de nuestra historia».

En este punto, esta profesora del área de Historia de la Ciencia en la Facultad de Medicina de Albacete (UCLM) reconoce que, por «empatía», lo sucedido en esos centros que controlaban la vida de las mujeres «interpela más» a ellas que a los hombres.

«Lo veo en el público que acude a charlas o a presentaciones de libro. Lo normal es que el público femenino sea el mayoritario. Ahí tenemos una asignatura pendiente, la de llegar también a la población masculina».

De ahí que Guillen incida en la necesidad de que esa otra mitad de la población escuche los relatos de vida de las supervivientes del Patronato, «para no ser partícipes de volver a ese momento histórico, que, por desgracia, se filtra en esos discursos que tienen ecos de ese pasado».

Y es que esta investigadora, que ha indagado en la historia de la sexualidad en la España contemporánea, sostiene que las instituciones de control sobre el cuerpo y la conducta de la mujer se han repetido a lo largo de la historia y a lo ancho de la geografía. No en vano, en su libro establece ciertos puntos de conexión entre el Patronato y las lavanderías de la Magdalena en Irlanda o los centros manicomiales en Italia.

«Por desgracia, esto lo seguimos viendo en la actualidad cuando se pone en duda el testimonio de una víctima de agresión sexual, cuando se la culpabiliza, cuando se cuestiona si una mujer tiene cierta forma de vivir su sexualidad, o con discursos de mandato de maternidad. Todo eso son ecos de ese pasado al que tenemos que poner freno, porque los derechos son algo que se consiguen, pero no son para siempre. Tenemos que estar permanentemente en lucha y en alerta para no perderlos», concluye a modo de advertencia.

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